El suelo de sucio barro, el olor a jazmìn, las sàbanas de blanco virginal, la alfombra que presidìa la alcoba de cachemira tejida en lana y seda, la luna en cuarto creciente asomando por la pequenya ventana en forma rectangular y estrecha en lo alto de la pared de cal blanca y el color que producìan la luz de las velas...nos envolviò nada màs cerrar la puerta de la habitaciòn.

Ahì estaba, sentado sobre el inmune colchòn que rozaba el suelo, sin dejar de mirarme, Què curioso continuaba mirandome, desde que nos encontramos...no dejó de hacerlo.
-Acèrcate- Me dijiste.
-Me duele el miedo, ahora que te tengo cara a cara, tiemblo- Le dije.
-Sòlo quiero estar a tu lado, celebrar el habernos encontrado. Ven, estàs dolida, verdad?
-Estoy dolida, sì, dolida pero.....quiero,quiero,quiero...

A partir de aquèl instante, sòlo deseaba hacer el amor. Empezamos a desearnos con todas nuestras fuerzas, me arrodillè entre sus piernas, empezò a acariciarme la cara muy lentamente, empezè a tocarme los pechos; no dejàbamos de mirarnos, un hilo fino unìa sus ojos con los mios. El calor nos drogaba. Lentamente se agachò, sus pupilas eran puro reflejo de lo que en aquèl momento deseaba: mis labios. Las làgrimas brotaban sin querer evitarlo. Se detuvo el tiempo. A un sòlo milìmitro sus labios de los mios, Dios, un autèntico escalofrio me recorriò el cuerpo. Sus labios en frente de los mios y mis ojos unidos por los suyos, el corazòn se nos detuvo, se estancò de tanto èxtasis producido por ese pequenyo instante.
Los dos arrodillados en uno enfrente del otro. Me quitaba el vestido de seda bordado en oro y de color de la tierra, recientemente comprado en uno de esos comercios donde te ofrencen tè, te dan un almohadon para sentarte y te muestran telas y ropas como si no costasen.

Me desnudaba...empezò a endurecerse. Le quitè suavemente la camiseta, totalmente empapada de sudor producido por el calor ardiente de la noche. Mientras le desabrochaba el lazo del pantalon, èl me deslizaba el tanga hasta quedarme completamente desnuda. Me agarrò entre sus brazos y me llevò hasta el centro de la alfombra de cachemira. Me tumbò, me vendò los ojos con un panuyelo de elefantes encabritados en tonos pùrpuras, grises y amarillos. En ese instante su pequenya lengua comenzò a recorrer cada àpice de mi cuerpo. No le localizaba, de pronto estaba en mis pequenyas montanyas que aparecìa en mis preciosos pies, eso nos excitaba; llegò ahì, sì ahì donde se dan cita todos los placeres femeninos; un fuerte tiritòn de placer, el sudor y la piel de gallina producida por mi climax casi alcanzado aùn nos excitaba màs. Gritaba su nombre, no pudo evitarlo, nuestros corazones palpitaban con autèntica velocidad, en ese mismo instante una pequenya ventisca de aire con olor a pan recien hecho y especias entrò por la ventana rectangular, apagando la luz de las velas. Me penetrò, observados ùnicamente por la impasible mirada de la luna.
Asì y tras quedarnos dormido el uno junto a otro, amanecì, sòla, con la ùnica compañia del calor del sol que asomaba tìmidamente por aquèlla pequeña ventana.
Otra vez sin ti.